Eran las doce de la noche, abrió el armario fino de madera barnizado y tallado a mano. Escogió un vestido con su capa negra a juego que usó en el funeral de la abuela Elisa. Sabía que su abuela estaría de acuerdo con lo que hacía, siempre le dijo que cada persona debe escuchar su corazón y seguir sus sentimientos. Salió discretamente y descalza de la habitación, caminó por el pasillo y bajó las amplias escaleras de mármol, continuó hasta llegar a la cocina, la atravesó y salió por la puerta, que llevaba al jardín por la parte de atrás del palacio. Se puso los zapatos y una vez fuera, se cubrió bien con la capa. Se adentró en el laberinto siguiendo los pétalos de rosas como le había indicado Carlos en la nota de la cita. Al llegar al centro, estaba rodeada de ramos de rosas rojas y gigantes. Llamó sin gritar demasiado a Carlos, sin respuesta alguna, intentando verle con la tenue luz de los farolillos. De pronto la agarraron por detrás y le taparon la boca. Le llevaron a ciegas a uno de los pasillos del laberinto. Cuando la dejaron, ella se sorprendió al ver que no era Carlos…Era Lucas…
-¡Maldita sea! ¡Natalia, yo te amo, y tú mientras tanto, revolcándote con un mugroso como mi hermano!- Exclamó Lucas a escasos centímetros de Nana, con una voz desgarrada, pero sin fuerza, con los ojos inundados de lágrimas retenidas por el orgullo.- Seguramente no hubieses corrido el riesgo de que te descubran si te hubiese citado realmente yo. Aunque no consiga nada con esto, quiero dejarte algo de mí en tu memoria- Su dura y dolorida expresión le hacían temblar entero.
La agarró por las muñecas, la apoyó contra la pared de piedra, se acercó y la besó a la fuerza. Nana sentía fuego en el pecho e intentó liberarse en vano de sus garras. Sus gritos morían en los labios de Lucas y no conseguían salir al exterior. Los ojos de Nana se inundaron de lágrimas. Lucas, al cerciorarse fue consciente de lo que había hecho, la soltó, dejándose caer al suelo a los pies de Nana de rodillas, con expresión de espanto y terror, terror de sí mismo. Con rabia y dolor se agarró a la tierra que yacía debajo de su cuerpo tembloroso y quiso arrancarla del suelo, lanzándola con furia contra el muro de su izquierda. Con las manos en la cara murmuraba cosas para sí mismo, cosas que le hacían retorcerse del dolor. Nana le miraba aterrada y paralizada, no dejaba de llorar. Reunió valor y fuerza para dar un paso adelante, colocarse bien la capa cubriéndole el pelo y parte de la cara. Miró a Lucas a los ojos.
-Eres un monstruo, no quiero que te me acerques nunca más…Te odio…Eres repugnante y desagradable…- Le fulminó con la mirada.
Se giró y salió del laberinto con paso firme, pero queriendo caer al suelo y no dejar de llorar en toda la noche.